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PabloLuna

El sabor de la Justicia.

El sabor de la Justicia.

Mis padres querían que fuese abogado. Y el destino confabuló, a favor de ellos. Pero, fui -y probablemente sigo siendo- su gran decepción. Algo que inconscientemente no me perdonan. Lamentablemente, para ellos, nunca me interesó el derecho ni las leyes. Pero reconozco también, que éstas parecen mucho interesarse en mí.

Desde muy niño, (seguro por ese deseo de querer inculcar en mí el amor por esta ciencia), fui siendo partícipe de una manera discreta y lejana -pero presente- con una pasividad muy objetiva sobre todo «proceso» que siempre se debatía en casa. La mesa, la cocina, la sala, el dormitorio, todo lugar estaba inundado con una atmósfera casi etérea y espiritual por todos los «procesos» que se seguían.

(El «Palacio de Justicia», a veces parecía, no sé porqué, mi segundo hogar -siempre en mis fantasías me reía del nombre "¡¿Palacio?!" Y me respondía a mi corta edad: ¡Qué tan bajo has llegado, te imaginaba diferente!- Era muy extraño, que no me sedujera como a casi todo mi entorno, lo legal. Ni siquiera incluso por el brío del "saber". Debía ser anormal entonces, ahí me di cuenta de ello.)

Y, pese a toda esa pasión desbordante -y altamente asfixiante e incluso agresiva- de mis padres, seguía odiando el derecho. No lo amaba, ni lo amo. Pero, lo reitero, el destino confabuló; ya que incluso a los cinco años, siendo una tierna criatura, conocí -de oficio- un penal que ya no existe, muy famoso por aquí, hasta un libro se escribió de él. Recuerdo los barrotes, las celdas altísimas, la seguridad, las literas, la suciedad, y la miseria que como miasma aparecía ennegreciendo mi mente inocente.

Mi tía era (fíjense en el pasado, porque ni ella en el presente quiere tal reconocimiento) abogada penalista. -Se retiró dicho sea de paso, apenas pudo, lo que me demuestra que en ese sentido era cuerda- y luego tuvo algunos honores, muy envidiables para algunos, pero bastante desdeñables por mi persona. Mi hermana mayor, fue abogada también en lo civil y familiar (y también lo dejó -fíjense en el pasado otra vez-). No pudo oponer resistencia alguna ante el designio familiar. Pero eso no era el arquetipo de mis padres. Porque no sé porqué extraña razón, para ellos un abogado, no era tal, sino era penalista. Porque ahí es donde realmente "las papas queman". ¡Lo penal! ¡Esa es la verdadera acción!

Pero en mi caso, tuve suerte, -y coraje también- lo reconozco. Apenas, terminé el colegio, a los quince años, ya solo un poco más de diez atrás, cuando ellos con todas sus esperanzas en que el último de sus hijos pudiera litigar «como debe ser», dedicarse en alma, corazón y vida, a los famosos «procesos» por defender lo inexistente, ósea la justicia, dejar en mí un legado lleno de torceduras, triquiñuelas, tinterilladas y leguleyadas también, más que de «derechos», -fui, irónicamente, más práctico que todos- decidí irrevocablemente no participar de nada que tenga que ver con lo legal, es más elegí las ciencias como motivo de estudio! ¡Todo lo opuesto a las letras! Los decepcioné abierta y cruelmente quizá. Mis calificaciones, reconozco, tanto en letras como en números eran excelentes, y yo sabía a la vez, que tenía alguna condición para las letras, pero entendidas como arte más que como «proceso». Cosa que ellos no podían comprender. Y mientras pensaba en mis designios, y en mi aniquilamiento también, recordaba aquella sensación nauseabunda de mi niñez, que me rondaba al recordar la palabrita tan venida a menos, del palacio, «justicia». Como cuando visité la cárcel, a los cinco años, (que tan erradamente pensaban que sería un inicio de aprendizaje), fue más bien el inicio de un rechazo altísimo, muy cuerdo y natural -pienso en cada ser humano-, lógico y esperable de un ser pensante, sencillo y que ama la paz. Definitivamente, por muchas condiciones innatas que pudiera tener, el derecho -de oficio o sea cual fuere, incluso bajo un prestigioso bufete- no era lo mío. Y al menos, académicamente, lo decidí así. ¡¡¡Felizmente!!!

Por esas fechas, recuerdo otro acontecimiento que marcó mi vida. Fue cuando mi abuela, nos llevó al puerto a conocer el "Queen Elizabeth". Fue fascinante, y hasta ahora recuerdo el bambolear que uno siente cuando está subiendo por vez primera a un barco, y el movimiento rítmico en el cuerpo. Al entrar en él, fue un mágico universo, el aire, el mar, la libertad, la plenitud, la sensación de un mundo distinto, nuevo y desconocido para mí. Fue un éxtasis. (Así que lleven a los niños a los barcos, tómense su tiempo, ustedes mismos lo disfrutarán ). Y lo mejor vino después. En aquel barco había una bellísima exposición de libros, parte de ella estaba al aire libre, otra parte en cómodas instalaciones. Nunca olvidaré el primer libro que me regaló mi abuela, al ver que tan solo con cinco años hojeaba con la precocidad y naturalidad de un viejo, dicho cuento. Recuerdo la historia: un joven de unos doce años, que se va de paseo con sus amigos a la playa y se pierde. Y luego escucha una música fuerte y ésta lo lleva al escondite de un tipo medio drogo vagabundo, que al final no es tal. Entre ambos se da el vínculo de la amistad, encuentran a sus amigos, regresa con ellos, todos se integran y final feliz. Una historia muy sencilla, que la leía siempre -como el cuento de las habichuelas mágicas que fue otro de mis favoritos-. Cada vez que veía ese libro, recordaba el barco, mi experiencia y el infantil orgullo de conocer el "Elizabeth Queen". Fue un regalo maravilloso.

Pero el destino confabulaba. Y lo peor de todo, era que sí era muy bueno en la defensa. Incluso en la legal. Pero siempre tuve muy en claro que una cosa, es la solidaridad y el deber (el apoyo a mis padres), el luchar por algo justo (en la participación en mi comunidad), y otra muy distinta el participar en un «proceso», como el «procesado», «demandado», «demandante» e incluso un «presunto implicado».

El derecho es muy hermoso, en la teoría. Muy loable y altruista en sus objetivos y metas por alcanzar. ¡La justicia, la justicia, cuánto se habrá escrito y escribirá sobre ello! Y ¿cuánto se alcanzará? Aunque irónicamente sigo pensando, lo reconozco, que sí existe. Imparcial, "injusta" y moral. Sí hay justicia. Pero no es la que uno se espera, y es de otro tipo, metafísica incluso. Existe, pero de una manera muy distorcionada, curva, sinuosa y desleal, pero al final es justicia. Por eso quizá nadie la quiere. O es como dice un verso profundo, no yo, "como trapos de inmundicia". Pero la otra, la justicia "moral" por ponerle algún nombre, la de la ley de la vida, es la que más me impresiona, y la que me da mucha más fe y esperanza, que esos trapeadores legales que se respiran en los juzgados. Sí, el derecho es hermoso, pero en el papel. Y toda esta belleza, altamente ideal y mental (y sinceramente, poco práctica), la veía en los libros que sobreabundaron en casa y que a veces hojeaba, y que ahora están -sólo los de derecho- apilados en cuatro cajas sufriendo las inclemencias del tiempo. Pobres ellos, que sufran. A veces me apenan, pero mejor que estén ahí. Es su destino, en mi mundo.

Siempre busqué la manera de poder definirlo. De poder conocerlo. Pero siempre se me escapaba de las manos. Cada vez que acompañaba a los mayores a las diligencias -incluso ya con veinte años y más, porque modestamente, las hacía mucho mejor que ellos-, no encontraba cómo definir el derecho. Hasta que tuve que vivirlo yo mismo. Ya no bastaban las experiencias previas, los juicios (llevados y/o vistos de alguna manera por mi persona), sino que me vi directamente involucrado. Creo que después del shock emocional que tuve, fue lo peor que me ha pasado en la vida. El «proceso» en sí. (Véase Kafka, aunque ni yo lo terminé, justamente por ser judicial!). El desgaste emocional, la contienda, el litigar, sin qué decir del tiempo y dinero, ah! Y por su puesto la simpática burocracia, como la tortuga de Mafalda. Felizmente, luego de batallar magistral y estoicamente, todo quedó «sobreseído». ¡Estas palabritas del derecho. ¡¡¡Siempre tan claras!!! (Como cuando a una señora le decían, "es que usted tiene la culpa por no presentar el «recurso»" Y la pobre, con una fuerte impotencia, al borde de las lágrimas, no entendía que aquello era el sucio papel que tenía entre las manos). Siempre he objetado el uso de la palabra. Siempre. Es una alta responsabilidad. Los «cultos», por muy sabihondos que sean, no deben obstaculizar el «proceso». Tampoco usar el lenguaje para desunir. No! (Y lamentablemente, todo eso y muuuuuucho más sucede con el derecho).

Y luego de experimentar, ese sabor indefinible de la justicia se pierde en mi ser. Y como si fuera un fantasma inexistente, su presencia se filtra en el tiempo de mi vida. Y como justos pagan por pecadores, nuevamente me flirtea a su manera. Nuevamente, el derecho me pide ayuda. Nuevamente, me coquetea. Pero siempre felizmente, recuerdo las palabras del bibliotecario mendigo, Ricardo Palma, en su tradición "mejor es cortar por lo sano que por lo gangrenado". O quizá el verso popular que mi abuela siempre dice, "más vale un momento colorado que cientos amarillos" y que al aplicarlas con equidad -ya tengo cancha- aclaran mucho, pero duelen que no tienen idea. O las sabias palabras de mi tío -abogado también, laboralista- conocedor de mis luchas personales: "No vayas a meter las manos al fuego donde nadie va echar agua".

Otro sí digo: Desde hace unos meses, entre otras cosas, comencé a investigar la ley mosaica. No era un tema que me quitara el sueño, pero luego de leer el Deuteronomio ya un año atrás, quedé fascinado por el inmenso amor y misericordia, y perdón que se destilan de sus muchas bendiciones, así como también impactado por la fuerza de sus maldiciones. Y en general por todo lo que mi mente percibía había detrás de esa ley. Un libro bello, profundo, místico y hermoso. Y ese libro, como por revelación y oposición, me trajo la palabrita, la -según yo- definición del derecho. (Por esas asociaciones mentales que solo mi alborotada mente posee). De ese sabor de la justicia que nunca logré comprender. Y cuando vi la palabra lo comprendí. A pesar que condene prácticas antiguas, hechicerías o sexos prohibidos incluso sórdidas zoofilias, todavía aún creo que está de moda, -la palabrita-, pero nadie la ve. Porque seguro la realidad obnubila la visión, o porque nos hemos acostumbrado. Que incluso las perversiones tan condenadas pierden su peso y valor ante ella en este mundo de innumerables opciones. Y debe haber habido un error en la posición del adjetivo. Quizá quisieron decir, que también el derecho es abominable, (y ¡por eso ni meterse ahí!, «¡con estos ni te metas!», reza un mandato paulino); porque lo que es a mí, no hay nada mejor que esa palabrita, que pueda definir esta «profunda y gran ciencia».

Un saludo a todos, (los abogados, implicados y hasta procesados!)

Pablo

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4 comentarios

ANONIMA CONOCIDA -

Hola, no tengo palabras para describir este momento, es como encontrar esos sentimientos olvidados ,perdidos en algun lugar de mi vida , los padres nos demuestran su amor aunque sea inequivocamente pero algo si estoy segura que cada uno hace el camino de su vida y es dios quien nos dà la vida para seguir haciendo nuestro futuro aunque no nos demos cuenta en el momento , tienes razon, el tiempo no pasa, lo que pasamos somos nosotros el tiempo siempre estarà ahì, gracias por hacer detenerme un momento para disfrutar un segundo de mi vida que muchas veces la vivimos sin saberla vivir gracias por escribir. Adios

Pablo Luna -

Hey Isa!
Gracias por tus palabras.
Una de las cosas que considero las màs valiosas, es eso, el no separar. Sino màs bien, el integrar, el conciliar. Hasta estoy pensando de llevar un curso de conciliador judicial!!! Jejeje.
Y amigo Luis, el amor perfecto es algo, como diria Kant, con respecto a la santidad, que no es de este mundo. Y al margen de eso, TODOS nos equivocamos al amar. TODOS. Incluso mis padres, por exceso de amor. En general, no hay ni uno libre de error. Al final, mire ve, todo fue para bien. Muy hermosas sus palabras, sun introducciòn sobre todo.
Un saludo, a todos,
Pablo
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Luis M. Pimentel R. -

¡¡Que tal Hermano PABLO!!, ¡Gracia y Paz Os sean multiplicadas, en el conocimiento de nuestro Gran DIOS y Salvador JESUCRISTO!

Aquel quien es nuestra JUSTICIA, inica su manifestación de AMOR por Nos en darnos la más absoluta libertad de elegir. Elegir a quien reconocer como nuestro dueño, elegir que deseamos ser en la vida, a quien servir, en quién creer y/o confiar, etc.
Me parece que Tus Padres, con todo el inequívoco AMOR, al pretender lo mejor para Tí, obtuvieron el resultado contrario (A juzgar -trapo de inmundicia- por lo que escribes)

DIOS Te Bendiga Abundantemente.

Isa -

Hola Pablo:
Totalmente de acuerdo contigo. Creo que las personas sensibles encontramos abominable todo tipo de prácticas muchas veces desleales, litigantes y de rivalidad, que en gran mayoría enfrentan, incluso, a seres "queridos". " La familia, lugar de alto riesgo" es un tema tratado por el psicólogo Roberto Lerner, donde menciona todas las formas de competición que se gestan en nuestras familias, comenzando con la presión para escoger una formación profesional o laboral. Al respecto, creo que desde nuestra humilde palestra y/o como trabajo de hormiga es necesario promover, la cooperación o conciliación vs. la rivalidad, para colaborar con la formación de la cultura de la reciprocidad, quizás aún como utopía. Siguiendo a Platón y su idealismo, la esperanza es lo último que perderé.
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