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PabloLuna

¡Bienvenido 2007: Este es el maravilloso Perú!

¡Bienvenido 2007: Este es el maravilloso Perú!

Recibir el Año Nuevo esta vez, fue muy especial. Diferente.

Este ciclo que se inicia no podía ser más dual que el que me ha tocado vivir, por las dos partes que les contaré. La primera parte: la bella, alegre, mágica y sensible; la segunda, que simplemente todos los días no se celebra lo primero. Es decir, en buen cristiano, poner los pies en la tierra. La realidad, tal cual.

Pero vayamos por partes.

Lo pasé en la playa. En el sur de Lima. En el depa junto al mar de unos amigos. Un lugar muy bonito -el depa y la playa-, una cena muy agradable, comida francesa exquisita, un calor humano de primera, y mucha alegría toda la noche. Comenzamos muy temprano nuestra celebración y recibimento, desde las seis de la tarde de la víspera.

Cada año suelo programar que el despertar del siguiente sea distinto, creativo; y esta vez, sin darme cuenta, nuevamente de modo hasta inconsciente, se repitió la variación. ¡Muy contento de que fuera así! El destino como siempre, me da sus palmas en el hombro y se pone a mi favor. ;)

En el transcurso de las horas, fueron llegando los que faltaban. Eramos un grupo pequeño y especial, con una energía muy vital. Para salvar las identidades -que tanto me han pedido, al menos una de las menores "Pablo, no vayas a decir mi nombre eh? Porfa..."-. Seré genérico. Los menores del grupo -No, no, esta vez no era yo-, eran dos niños y dos niñas. Luego los mayorcitos, ahí sí que era el menor. Jeje. También era super enigmático ese detalle en las cosas y situaciones que a veces puedo ver, el número de personas reunidas. Siete. Como el año a celebrar. Como el año a recibir. Siete. Como mi propio día. Como mi vida tal vez, o lo que aspira. Siete que hacíamos como setenta. No sé. La pareja de esposos del depa (ella peruana, él francés), otra pareja más (ella peruana, él argentino), -a las peruanas le gustan mucho los foráneos, parece, jeje-, también estaba una bella comunicadora que anda entre Lima y Madrid, una psiconalista encantadora y nada más ni nada menos, que quien viste y calza, quien escribe. Nadie más. El grupo perfecto para pasarla bien. Charlar de todo un poco, cantar a dúo en la terraza bajo el cielo estrellado, bailar, danzar, comer -¡no hay como este arte y este placer!-, divertirse. Simplemente saber ser hedonista en el momento indicado.

Cuando dieron las doce, -es inevitable para mí-, ¡a meterse al mar se ha dicho! Y como pez en el agua, -algo contradictorio según algunos astrólogos-, (debería quedarme solamente cerca a la fogata dicen), ingresé a ese espacio místico y maravilloso que es este inmenso elemento. Solo aquel que entra con fuerza, ganas y mucha integración al mar un fin de año, a la medianoche puede entender a plenitud el placer incomparable que uno logra sentir. El acto simbólico de las velas fue fabuloso, el morir y el renacer. Simbología. Sin olvidar la rueda de la fortuna, la vida es así una rueda llena de fortuna y ciclicidad.

No dormí mucho aquel día. Solo un par de horas. De dos y media a cuatro y media. No dormía no sé porqué: la mágica fuerza que te da la tercera edad de la juventud, la vitalidad del momento o quizá el querer prolongarlo, el estar en armonía con el universo en una noche como esa, o simplemente que no tenía sueño. Al avanzar los minutos pude ver el amanecer. Bello. Hermoso. Maravilloso. Como cualquier amanecer realmente, si es mirado con atención y meditación. Aunque siempre con esa bruma limeña rondando que nunca desaparece, queriendo aguar las cosas. Pero igual es imposible aguar lo bello. Hasta la bruma se hace bella.

El momento mientras la naturaleza despertaba, estaba sentado a solas en el balcón, viendo las casas blancas del balneario, viendo toda la inmensidad del mar demostrando su fuerza majestuosa con las olas sucesivas que venían una tras de otra a distancias equidistantes y en grupos, con el cielo cambiando de colores, fue un momento único, precioso. Pero repetitivo como cada amanecer que no vemos ni admiramos. Entonces, no pude esperar más, y otra vez a introducirme en esa masa acuática. Otra vez dentro de un mundo que no es el mío. Me acerqué a la orilla, descalzo. Veo a mis alrededores, y la bruma está desapareciendo lentamente para instalarse en un cielo gris que espero el sol logre vencer. Miro a todos lados: no hay ni un alma. Estoy solo ante la naturaleza. Yo y ella. Tu y ella. ¿Qué hacer? ¿Qué haces? Lo único que queda es desnudarte e ingresar. Nada más. Una lucha total, una fuerza imperante en ambos. Fogosidad dentro del mar. Una relación. Fue también místico y orgíastico.

En la tarde portarse como un buen playero, intentar colorear la piel, nutrirla con un poco de calcio, distraer la vista también, y al fin disfrutar de un sol abrazador (con "z", un sol que abraza) y de otro sol abrasador (logró vencer esta vez la neblina limeña por fin). Pero como todo en la vida acaba, incluso el amor dicen, esto tiene que acabar y recién me doy cuenta que en mis ensoñaciones pensaba estar en una isla paradisíaca de Centroamérica, o en Ibiza, recuerdo que estoy en el Sur de Lima Perú, en el Km 42.5, Pulpos. Como dice aquella canción de rock nacional "El sol se marcha, la gente se quitó". Entonces, me toca irme.

Y pongo los pies en la tierra.

No tengo carro.

La autopista estará hecha un caos terrible por este día. Las combis asesinas al acecho, con sus tarifas sobrevaluadas. Tengo que hacer cruzar a una paisanita, que se aferra a mi abrazo por temor que la aplaste alguna combi de estas. Cruzamos. Me agradece con una sonrisa, o agradece al suelo porque no me mira. Se va. Veo el panorama de norte a sur, una carretera de solo dos famélicos carriles, y a los costados pura tierra como queriéndosela tragar. Un montón de gente queriendo entrar en lo que venga. A luchar por los asientos. Aquí no hay reservas, aquí no hay colas. Aquí hay multitudes. Agresividad. Criollada. "Quien adelanta gana".

Algunos los dejo ganar. Las combis están repletas y saturadas. Que vayan ellos, yo puedo esperar. Son las cinco y media de la tarde, hay luz aún. Pero no. Pasa el tiempo, y la gente impaciente, como un solo hombre se lanzan ante la combi que viene. Como pirañas para devorar los pocos milímetros sobrantes en cualquier combi. Como decía una de esas cadenas: "Si quieres sentir el aliento de otra persona en tu hombro, si quieres sentir su cuerpo como toca el tuyo, si quieres sentir toda la corporalidad rompiendo tu espacio íntimo y natural, viaja en combi!" Verás que la experiencia puede ser, incluso, sexual sin serlo.

Hasta que por esos designios de la vida, el destino se manifiesta y aparece una combi. Vieja. Fea. Destartalada. Parece pirata además. Debe serlo, porque está vacía y su color no es de las que están registradas a circular. Todos, corremos para alcanzarla. El cobrador con cara de pirañaza brava, de reo recién salidito, ya nos ha anunciado con una voz de bajo, mortecino; amenazante e inexorable: "Cinco lucas hasta lima, chocherita". La multitud me gana, todos pueden pagar, todos quieren salir de ese desierto que es la carretera y llegar a Lima antes que oscurezca, suben apretujados, y creo que los asientos se van a acabar; pero alguna extraña habilidad que debo poseer hace que logre ingresar, y pueda coger uno de ellos. De los asientos.

Dentro de todo, para venir del Sur, un primero de enero, me siento privilegiado. Voy sentado como un rey. (Aunque sea en un asiento que parece para un par de niños de cinco años. Esta debe ser una combi hecha en Corea o esos países donde a todos los ven igualitos, chiquititos y jaladitos). Eso ya es todo un privilegio, venir sentado. Aunque a mi costado derecho junto a la ventana hay una paisanita que habla con su acento y que está con sus paquetes atiborrada de plantas y bolsas. Miro a mi derecha, pasando el pasillo de pasajeros y hay otra mujer, su hermana. Gorda, salamera, risueña. No entra en el asiento, media nalga se le cae, intenta ubicarse bien y lo logra. También con sus flores y paquetes. Me siento entonces entre tantas plantas, como un clavel entre dos rosas.

El carro arranca. Por fin. Vamos a ciento veinte en el primer carril derecho de la carretera. Aquí todo está permitido. Y no importa, todos llegaremos ante ella. Lima, la de todos. Avanza, y empieza a correr. Estamos en la carretera y sobretodo, -sobretodo- en el Perú. Aquí nuestra máxima es: "Todo es posible". El cobrador ex presidiario, inmediatamente, empieza a cobrar los famosos cinco soles. Las hermanas reclaman, que ellas sólo van hasta Atocongo, al menos una luca menos. El cobrador con la mirada las intimida. Ellas pagan no más. Y todos pagamos. Y todos muy muy apretujados, como los espárragos en un envase, vamos confiados con la tranquilidad que llegaremos a nuestro destino.

Pero en el camino, apenas a los diez minutos de soportar olores, humores, y profundas sensaciones, plop, ups, ches, una llanta delantera -como un globo hincado por una aguja- se desinfla. Tamare. Ajo. Erda. Las hermanas, se ponen nerviosas, quieren bajarse. Los gays que están exactamente en la fila trasera quieren armar chongo. La pareja detrás nuestro con su bebe en brazos están fastidiados. Los que están en el pasillo, algunos aprovechan para bajar, los que se quedan pueden soltar por fin sus cuerpos. Muchos murmullos de todos. Murmullos al aire -nunca al ex presidiario-, cuchicheos que algunos lanzan. "Que deberían prever esto", "Que no vamos a llegar", "Que mejor devuélvanme mi plata". Y similares. Pero nadie puede protestar mucho tampoco y bajarse indignado, porque no hay combis así nomás en la carretera, y vacías sobretodo.

Entonces hay que cambiar la llanta.

El chofer se baja para él mismo hacerlo. Un hombre con cara de provinciano, de un metro cincuenta. No dice nada. Muy práctico y decidido sale para hacerlo. Obviamente, en plena carretera, donde todos quieren salir del sur y regresar, no tiene tiempo ni necesidad ni idea de poner señalizaciones para hacer entendible a otros conductores lo que pasa. Eso aquí eso no existe. ¿Para qué es ese triangulito color rojo? No, no, ahorita mismo yo lo hago, más vamos a perder tiempo poniendo esas cojudeces. Los autos van y vienen y ninguno se detiene. Corren veloces, como en una carrera contra el tiempo. La llanta delantera que se ha pinchado, está en el lado izquierdo. El chofer va ahí, se agacha a cambiar la llanta y cuando lo logra, cuando ya ha terminado, en un instante imprevisto, ¡zaz! ¡mierda! ¡chucha!, otro de esos locos del volante, -pero no de combi- que iba en el carril segundo, arrolla al joven provinciano, lo tumba, y con sus llantas pasa encima de su pierna derecha.

La gorda de la nalga sobresaliente es una nerviosa en potencia. Se pone a gritar con su voz aguda haciéndonos a todos la situación superdramática e insoportable. Chillando como una enferma. Se levanta en su propio asiento. Se vuelve a sentar. Se levanta, se sienta. Mira para todos lados. Saca su regordeta cara por la ventana. Se le atoran con los cabellos alborotados. "Dios mío, Dios mío que ha pasado. Lo han atropellado, lo han atropellado, el carro ese le ha chancado, a lo mejor le ha matado. No, no, no. Ay Dios. Ayúdenlo. Ayúdenlo". Gritando como loca dan ganas de darle un par de bofetadas, porque todos estamos muy tensos. Una mujer le dice muy calma "¿Puede callarse por favor? A todos nos tiene nerviosos. Cállese". No escucha.

Un par de pasajeros solidarios suben entre brazos al chofer que no puede caminar. Son torpes para traerlo. Le hacen espacio, pero todos quieren ver. Morbosos. Lo ponen exactamente delante mío. La otra sigue con su voz de plañidera norteña y cada vez más aguda, como llorando a un muerto. "Ay Jesús, al menos está vivo, hagan algo, llévenlo al hospital, no se mueve, no haga nada". Estoy a punto de gritar a esa mujer. «¡Cállate vieja de mierda!» El accidentado no menciona ni una palabra. Uno de los gays, se acerca, "soy médico, déjame ver tu pierna, le levanta el pantalón y todos los mirones como un solo hombre zum estiran sus cuellos y torsos para ver, sólo no te muevas y tienes que estar en reposo absoluto. Eso es todo". Como si con esas palabras el asunto se arreglara. Y yo ahí mirando todo idiotizado, sintiéndome cómplice con la masa que hace nada.

El conductor del carro que lo ha arrollado se ha detenido unos cincuenta metros adelante. Pero no por compasión ni cargo de conciencia. El carro está ahí. Mal estacionado además, en diagonal entre la tierra. No sale nadie. Seguro espera que vayan hacia él, sino se las pica. El cobrador expresidiario, antes que eso suceda, va para exigirle cuentas. Pero regresa enfurecido. El hombre está borracho y ha perdido la conciencia. Nadie ni nada en ese instante lo puede hacer volver a la realidad.

Entonces, un patrullero que por ahí pasaba. (Esto es muy importante enfatizar eh? Nadie lo llamó, nadie, -a todos nos consta-, sino que un patrullero que por ahí pasaba), trató de poner orden a la cosa. Al verle la cara al cobrador, lo trató muy despectivamente. ¿Permiso para la ruta? Silencio. No hay porque son piratas. Luego unas palabras. Es que jefe uno tiene que ganarse la vida, comprenda pe. Continúa la autoridad. ¿Licencia de conducir? Nuevo silencio. Esta vez absoluto. Oiga, ¿usted no tiene brevete? ¿El accidentado, el chofer, su licencia de conducir? El hombre mudo. No dice nada. El cobrador responde por él. Jefe, no puede decir nada porque es mudo. Todos se sorprenden. ¿Pero no tiene licencia? No jefe, tampoco tiene. Huy carajo, aquí hay que arreglar la cosa. Uno de los pasajeros, el médico, que estuvo presente en ese diálogo, ingresó a la combi y dijo "Bajen todos, que se les dará dos soles a cada uno". Las hermanas indignadas. A la voz de soprano, le salió una coloratura: "¿Dos soles? ¡Esto no puede ser!" Los gays gritaron en coro "Oh no!". La pareja con el bebe, no sabían que hacer, con dos soles cada uno nunca llegarían a su destino. Todos, el resto, rodearon al expresidiario, confundiéndolo, para exigir su dinero. Nunca faltan los vivos a río revuelto ganancia de pescadores. Alguien decía, Cuiden sus cosas, sus bolsillos. El policía amedrentaba al cobrador "Ya atiende a la gente no más, devuélvele su plata y no te hagas el vivo, que luego tienes que vértelas conmigo" Y el pobre chofer con la pierna mal, sentadito como si con él no pasara nada. Todo un estoico digno de imitar en la misma situación.

Miré la carretera, vacía, peligrosa, y empecé a caminar rumbo al primer puente que encontrara. Atocongo. Un lugar peligroso. Mi ropa llamativa, mis zapatillas azules, mi mochila de marca bastante pesada eran muy atractivas para cualquier dueño de lo ajeno. Avancé con rapidez y comenzó a oscurecer. Y mientras se repetía el ciclo inverso que miraba en la mañana con mucha contemplación y casi en éxtasis en el balcón blanco -de losetas claras bellamente colocadas y con barandas de bambú y puertas corredizas de vidrio- del depa de mis amigos, recordé que ni loco podía darme un momento de ensoñación. Caminé a prisa. Cinco minutos. Ningún auto se detenía. Botado en plena autopista. Por fin, llegué al puente. Tomé un taxi, y recordé. Estaba en el Perú.

 

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1 comentario

Montse -

Pero Pablo, vaya comienzo de año mas accidentado jajaja de veras que después de haber estado soñando en la playa... con tus amigos, la salida del sol, el baño místico en el mar... jajaja la experiencia del regreso a Lima te devolvió los pies al suelo de golpe eh?
Por suerte que nada malo te ocurrió, yo creo que no estabas solo.
Un abrazo
Montse
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