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PabloLuna

Ruido latente

Ruido latente

No sé cómo explicarlo. Hay cosas que son fáciles de comprender otras no. Esto es extraño, quizá común para algunos, quizá no, pero extraño lo es. Intentaré exponerlo.

Como un ciego que tiene una impresionante habilidad táctil, o como un ser parecido a Grenouille (aquel personaje de Suskind, en "El perfume") que ha desarrollado esa habilidad olfativa tan aguda que todo lo puede captar por el acto de oler, o como aquel pobre hombre que incluso no podía vivir porque escuchaba de todo, hasta los jugos gástricos de su interior, mis oídos perciben finamente -gracias a Dios no como este tío- ese ruido latente que no sé de donde proviene, ni a donde va.

Por más que trato de no oír nada, incluso con un silencio sepulcral, resucita, y no sé de donde proviene, y en el instante menos pensado aparece. No es la brutal música que no comprendo y que está demasiada altisonante, tampoco la fusión de las notas de alguna burda canción, menos aún los gritos cotidianos y ensordecedores de un frustrado tenor que dice ensayar, tampoco el sonsonete que se esconde en los compases de las melodías. No es tampoco, solamente el silencio de mi habitación, no es el crepitar de alguna llama cuando enciendo el fogón, no es la corriente que pasa por algún cable, no es la energía de este computador que está de ruido de fondo mientras escribo, no es el trac trac del reloj de pared que gira sin parar, no es tampoco la unión de todos estos sonidos. No es el viento ni el silencio, no son los ruidos del vecindario, ni el eco de la ciudad.

Sucede cuando por fin logro desconectarme del mundo, se da cuando hay un breve instante de silencio, cuando el adolescente se ha ido y ha apagado su equipo, cuando el dizque cantante ya no ensaya, cuando todos han salido, cuando por fin puedo respirar la nada y el silencio, entonces aparece. Me aturde, me hipnotiza, me intimida. Y se une a todos los ruidos cotidianos que en ese instante puedo percibir, pero sigue resonando eternamente envolviéndome sin darme cuente, está ahí en mis oídos este ruido latente. Ruido, que se confunde con mis latidos naturales, con mi masa encefálica que se transforma en mi otro corazón, con mis pulsiones hirviendo que me tientan a cada momento. Ruido que aparece con cada movimiento que realice e incluso en ausencia de ellos. Ruido que está ahí, incluso cierre los ojos y me abstraiga de todo. Ruido que enferma, que azota, que sofoca, que persigue. Ruido que es el recuerdo y reminiscencia de algún momento anterior.

Por momentos, no le tomo importancia, -pero sé que está ahí- y cuando hay gente y movimiento, se une a todos y se confunde con esta sinfonía caótica y natural que es el día a día. Pero cuando ya no hay gente, cuando todos desaparecen, que se supone ya podría olvidarlo, se agudizan mis sentidos, y lo percibo. Luego se va, y cuando me doy la vuelta reaparece. No sé que es lo que quiere, no puedo darme cuenta de sus constantes, pero viene y me atormenta.

Como si fuera un esquizofrénico, pero que escucha ruidos internos y no voces, me despierto impresionado luego del mili segundo en el que ha desaparecido. No lo puedo captar ni coger al vuelo. Y cuando quiero nuevamente descansar, brota con ironía. Intento comprenderlo, explicarlo, describirlo, pero las palabras no son suficientes para poder manifestar este sentir. Es extenso, fino, vertical u horizontal, no es ondulante, no tiene inicio ni final, o no sé de donde comienza, ni sé a donde va. Es arrítmico, no es una melodía, ni una armonía, es simple, discordante, como una pulsación indefinible, pero sé su intención; como esa gota de agua, que cae y cae sobre la piedra, y nadie la percibe, hasta que un día ya la ha horadado, o como ese fuego pequeño que arde siempre débilmente en los muladares, hasta que un día sin darnos cuenta ha consumido todo, o como ese aire traicionero que sin verlo, un día nos ha enfermado y alterado nuestro ser, así actúa este ruido latente.

Pero sé ante que desaparece.

Cuando las notas del piano emergen danzarinas, pianísimas o fortes, románticas o apasionadas, ligadas o picadas, y cuando ya no toco nada más, y la resonancia parece haber desaparecido del ambiente, y no escucha ni un lejano sonido musical, lo único que queda en mí, es el verdadero silencio que acompaña los últimos acordes o el recuerdo de lo escuchado por mí mismo. Siguen ahí, así el resto ya no las vea, no las sienta, no las escuche. Las notas ejecutadas aún continúan y me acompañan esté donde esté, vaya donde vaya, y el ruido latente ¡por fin!, sin querer, ni darme cuenta, ni haberlo buscado, ¡parece haber desaparecido! Ya no existe, la música logra dominarlo, otros sonidos lo logran intimidar, apagar. Entonces, por fin puedo respirar, por fin puedo sentir paz y tranquilidad y mi mente recién puede descansar.

 

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