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PabloLuna

El Perro y la M (Fuego contra fuego)

El Perro y la M (Fuego contra fuego)

Fuego contra fuego.

No sé si te ha pasado. A mi sí. A menudo. Esas ganas inmensas, descomunales, -que no nacen precisamente ni de la mente ni del corazón, sino más bien de eso que pone la gallina día a día- de mandar todo a la infinita mierda. ¡Cómo me encanta esa palabra! ¡Mierda! (Como «sangre», dicho sea de paso). (Para los que me leen por primera vez, -y se sienten "¡OH!" indignados (a lo burgués -seguramente-) por la "grosería", pues dejen de leer y punto -además no son mi "público objetivo" (sic ;) )-, o en su defecto si son más "civilizados" lean el artículo anterior, donde hablo de mi amor por la palabra). En fin. Estabámos en esto de las ganas de... lo que decíamos... de romper con todo lo que te rodea, de detenerte para destruir todo lo que encuentras por cualquier parte. Pero a la vez con ganas también de olvidar, de escapar... de donde estás... De la cárcel... La cárcel que es tu cuerpo, tu casa, tu trabajo, tu país, tu mundo. Porque ya no aguantas, ya no soportas, porque te sientes como un Cristo llevando no sé qué pesada cruz...

Casi a la medianoche -¡como una fiera!-, con la cabeza y el corazón hirviendo, (cosa que es altamente peligrosa, solo debe hervir uno, no los dos, dicen los entendidos). Sería la influencia de la luna, (tan fuerte y enigmática, que hasta parecía un sol blanco -la luna, no yo-). No lo sé. Cierro la puerta de mi habitación, recorro el pasadizo, y abro la puerta principal. (Para encontrar seguramente algo de mi ansiada liberación. -Me doy cuenta que soy muchas veces como un animal salvaje que necesita solo de la naturaleza para vivir en libertad-) Y al abrir la puerta, su presencia en seco detuvo por un instante mi latir y todas sus pulsiones. Si tuviera el doble de mi edad, seguro hasta que me daba un infarto. Me quedé sin siquiera poder sacarle la madre, o emitir sonido alguno. Un Are.. Un Ajo... Un Erda... ¡No! Nada. Me quedé mudo. Llovía como nunca, la pista se veía empapada, mojada, como muchas... El jardín bañado (¡ya era hora!) y la garúa fuerte que seguía cayendo, cayendo, como las notas de un piano ejecutando algún estudio de Chopin, y él. El. Ahí parado frente a mí , temblando, pidiéndome ayuda. (Quien sabe hasta enfermo tal vez). La distancia entre nosotros era solamente de dos o tres centímetros. No más. ¡No más!

Pero las ganas no se fueron, no se han ido aunque la luna ya se fue. Y la mierda sigue ahí sin poderla extirpar. (Y no hablo de estreñimientos. Puedo jactarme, -como decía aquella publicidad para niños "yo sé cuidar mi cuerpo... yo sé cuidar mi cuerpo", que hasta ahora a diferencia de muuuchos peruanos, (dicen que tenemos los más altos índices de médicos gastroenterólogos del mundo, ¿será cierto?) los problemas estomacales no son lo mío -¡es que hay que saber comer! ¡La gente se mete tantas porquerías por todos lados! ¡Y a mí me encanta comer! ¡De todo!- (Entiéndase comer como mejor les parezca) -. Pero las ganas siguen ahí... mezclándose -probablemente- ahora con la sangre. Y generando toda esta sensación de querer tomar el primer bus que aparezca o la primera combi, o el más avezado aventón -con quién sea, cómo sea, a dónde sea- aunque sea a Huacho, para respirar mejor. Honda, profunda y libremente. ¿Yo que culpa tengo? ¿Ayudar es pecar? ¿Compadecerse es ser vil? Es cierto que hay que cosas que no estamos obligados hacer, pero que sino las hacemos somos viles eh? (Como casi siempre lo somos). Si por ejemplo, ante un juez el culpable se arrepiente sinceramente, admite su culpa al menos, dicen los jueces que la pena es menos severa. Aunque al final eso depende del pensamiento del juez. (Bueno, no hablemos de jurisprudencia por ahora, que ya estoy cansado de esos términos de M, que terminan enredándonos más, porque en honor a la verdad, la vida es más simple de la que nos pinta aquella pequeñuela, Libertad. (Sí, la de Mafalda, no la estatua).

Y entonces lo recogí. Lo hice pasar, y lo puse en el garage de mi casa. ¡Pero es que la lluvia era muy intensa! ¡Y él temblaba! Y quien nunca ha visto literalmente los ojos de un carnero degollado no puede comprenderme. Definitivamente, no puede hacerlo. Porque esos ojos estaban en ese pequeño animal, chusco, pobre, misio, osea perro al fin. Hay que tener corazón de piedra, -o no tenerlo figurativamente, a lo mejor solo un pedazo de carne que late (el corazón, no otra cosa)-, para al menos no hacerlo pasar. ¿Qué daño iba a hacer? Pero incluso si tuvieras corazón de piedra, al menos lo dejabas en el jardín con una caja encima. Estoy seguro. Pero a lo mejor, hubieras hecho lo que medio mundo hace. "¡Fuera perro de mierda!". ¡Pero yo no pues!. No iba hacer eso. (Alguna vez, lo admito y reconozco con un humano, se lo merecía! Pero ese es otro cantar). (Ahora hablemos un poco de las dos partes, de la dualidad contradictoria con el trato a estos animales) : Es cierto que tengo mis rollos -muy personales- con aquellos "defensores de los animales", -que a mi parecer son bien bestias ellos-, porque en su gran mayoría -aunque es un pecado generalizar- (pero ahora quiero hacerlo) la gran mayoría de ellos -ojo! hay un margen que NO, seguro en ese margen estás tu!- Pero la gran mayoría, ¡caramba! qué los cuidados, qué el aseo, qué la comida, qué la casita, qué etc, etc, etc. Pero para con un humano, -su padre anciano, su madre necesitada, o sea quien sea- ni un mendrugo de pan, ni un vaso de agua. Sí, ¡ni la sal ni el agua! (Entre humanos nos tratamos así, es lo más común). Entonces, yo tengo mis líos con estos "defensores" (jaja, defensores) de las bestias, de los animales. ¡Ellos son los animales!. Porque cuando ven un niño, un necesitado, pareciera que no vieran nada. Y cuando ven un perro carachoso, o enfermo, con distemper, que debiera morir (o matarlo -eso sería lo más saludable-), ¡No, que va! Lo atienden como al príncipe de Gales. (¡¡¡Cosa que pudieran hacer con un niño!!! -Por ejemplo-) Eternas contradicciones de la raza humana, basadas porsupuesto en la libertad de elección. Pero en fin, es mi simple opinión. (Estamos acá para opinar).

Lo puse en el garage, le puse unos periódicos, le cerré la puerta y empezó a llorar. Entonces, recordé la famosa frase "el que no llora no mama" y los perros (literales y simbólicos) ¡qué bien que la saben! (Unos por necesidad, otros por maña -de esos abundan, y luego te cuento, que también es parte del otro cantar-). Le traje algo de alimento que encontré -¡con que avidez engullía! Me sentía su padre viéndolo ahí comiendo su comida, y yo todo idiotizado y con una sonrisa de complacencia por el show, ¡Hasta movía la colita de felicidad!- Terminó y se tumbó en los papeles. Lo dejé tranquilo y me fuí. Regresé en un par de horas. Un poco liberado de las ganas de M... habían bajado. No desaparecido, pero sí disminuído. "La lluvia purifica el espíritu" dicen, "Calma las pulsiones" mencionan otros, "Simplemente moja", digo yo. Y a veces me gusta estar mojado. Seamos sinceros ¿A quién no? Incluso en un invierno como éste.

Pero yo no sabía, -pequeño detalle- ni presentía -menos aún imaginaba- que al dichoso perro, lo iban a atender -¡como atienden los defensores de los animales a los mismos! - : Alguien, hasta ahora queda la incógnita -una mano negra, o blanca- lo instaló en el asiento trasero del dizque BMW (¡del año cincuenta del siglo pasado!) que acababa de traer el niño Goyito de la casa. Además, la mano negra, u otros le sacaron una colcha -muy bella ella, como la dueña- tejida a mano de la doña, la madre, para taparlo por el frío. Y por si las dudas, ¡le ofrecieron otro plato más! (¡Ojalá! ¡Ojalá ¡Ojalá a mí me trataran así! Digo no más, pienso en voz alta nada más -¡¡¡Quiero saber quién es esa mano negra, para decirle que lo haga conmigo alguna vez!!!- Seguramente debe ser un/una "defensor/a de los animales" Eso ni dudarlo).

Entonces la M, volvió a resurgir.

Ese día la leona (que dicho sea de paso, un pequeño detalle no más, lee de lo más calmada todos sus libros de Metafísica y sabe de memoria muchos fragmentos de la Biblia que también la lee fielmente día y noche). Ese día me esperaba, rugiente, caliente, encendida para hacerme su presa. Ese día, la leona me buscaba para culparme, para lapidarme. Ese día, la leona me embistió y me atacó. (Y la Biblia y la Metafisica y el coctel holístico, integracionista, nuevaerista islámico-cristiano-judío-budista se perdieron por algún lado del planeta. Se fueron a la M). (¡El problema no era el perro!. ¡Tampoco la bella colcha hecha por su propia mano! ¡¡¡Sino la falta de cuero de unos diez centímetros del asiento trasero del auto destartalado (¡¡¡que ya estaba así -desde antes del perro-!!!) de su inocente cahorrito!!! El problema era el uso del asiento ya destartalado del amado niño Goyito).

Ya no había luna llena, ya no habían pulsiones encendidas, ya no había fiebre interna, ya mi cuerpo no era una cárcel, aunque la leona quería más que nada enjaularme y/o expulsarme. Así de contradictoria es. Me miró a los ojos, giró sagazmente y se enfrentó con el león. Y cuando la leona atacó, el león respondió, la mierda salió y a todos nos ensució. La sangre porsupuesto también salió. La melena se encrispó. El cachorrito estaba detrás de ella, mirando todo con mucho temor y temblor, cobijándose y escondiéndose ¡cómo si nadie lo mirara! Pero él no veía una leona como yo, sino una linda y hermosa Gallina -¡de pelea seguro!-, robusta, guapa y fina, y él bajo sus hipotéticas alas señalándole y diciéndole que viera el asiento: ¡los diez centímetros de cuero que nunca existieron y querían culpar al perro de ello!. El fuego ardiente se encontró con más fuego airoso, un par de llamas demasiado intensas, fortes, firmes, y decididas; y el aire ahí tímido, medroso, sin saber a donde quería realmente ir, azuzaba danzando alrededor de ella. Y luego de los desgarros, luego de la salvajada, luego de la animalada, luego de este fuego contra fuego, las fieras se midieron, se conocieron... ¡una vez más!

Ahora, la Biblia y la Metafísica, parecen haber retornado y de paso una nueva colcha está haciéndose para el cachorro y para tapar el pequeño hueco de su asiento.

Hoy salí nuevamente, con esas ganas inmensas y descomunales... que renacen sin saber de dónde ni porqué. Y hoy, en la puerta, me lo volví a tropezar. Pero ya no era de noche, ya no había lluvia, ya no hacía frío. Sólo el sereno de la mañana. Esta vez, actué como tú, como él, como ella, como cualquiera: "¡Fuera perro de mierda!"

Hay días que uno tiene ganas de mandar todo a la mismísima!

Un saludo de M!

Pablo

 

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«No cabe ni un alfiler» ... ¡La calle es lo mejor!

«No cabe ni un alfiler» ... ¡La calle es lo mejor!

Uno de mis grandes amores y pasiones, como bien lo saben es -y si no lo saben acá se enteran-, es esa gran debilidad que tengo -no, no es esa que estás pensando Miguelito- es simplemente ella, que muchas veces la siento "ya de peso" y en otras completamente bella y fresca: La Palabra. Y en sus diversas formas, sea escrita, hablada y hasta dibujada.

El día de hoy hubo una velada de cuentos, «Swami Sarveshwarananda Giri y cuentos de sabiduría» tAMBIÉN LO ACOMPAÑARÁ fRANÇOIS vALLAEYS, quien es uno de mis maestros en este maravilloso arte de contar cuentos. El asunto es que está bien que quien les escriba sea peruano, pero tan, tan peruano no soy, es decir impuntual creo no serlo. Despistado -paradójicamente- en algunas ocasiones tal vez. Y sí, esta fue una de ellas. Porque sucedió que tomé el carro equivocado, y ches! caramba! por ende llegué tarde y ya el teatro estaba cerrado, porque dicen los que trabajan ahí cosa que no creo literalmente hablando "que no cabía ni un alfiler". Iba a responder que soy delgado, ligeramente espigado, con una estirpe de un fino alfiler, pero cerraron la puerta para todos. Y bueno, ni modo. Resignarse a no poder oír el arte de la narración oral de los cuentos.

Eramos cerca de cincuenta personas las que nos quedamos afuera. Pero no sé porqué extraña razón, nadie quería irse. Como dicen, -y afirmo también-, que la esperanza es lo último que se pierde. Pues éramos el grupo de los "esperanzadores". Con un frío más o menos intenso, -al menos para mí que como algunos saben, estoy en proceso de recuperación bronquial, porque repetir el plato de trece inyecciones, que lo haga su abuelita, yo no-, por ello había ido bien abrigado como un esquimal. Y todos seguían ahí, estaban esperando algo. Quizá que se abra la puerta para entrar como un torbellino, quizá la utópica idea que ahora sí entre algo más que un alfiler, o incluso que algunos por a o b motivo salgan y tener entonces un espacio para estar ahí y escuchar a los maestros.

Aquí -me parece, es idea mía, solo lo pienso en voz alta, no se vaya pensar que es una crítica alturada o que me quedé picón por no entrar- debió aplicarse, ese estribillo que no olvido de mi infancia de la obra "El diluvio que viene", esa parte introductoria que tanto me gustaba porque es un canto a la amistad:

 

«Un nuevo sitio disponed,

para un amigo más

un poquitito os estrechéis,

un poquitito os estrechéis

y se podrá acomodar.

Para eso sirve la amistad,

para estar en reunión,

amémonos con libertad y con el corazón

que él con su amor nos cantará (nos contará)

y alegrará la reunión»

 

En fin, en fin, ya estaba dicho: No hay sitio. Nadie más puede entrar. ¡Ni un alfiler! Pero siempre se puede... Además en el Perú TODO ES POSIBLE! En fin, que "nuevo sitio disponed ni ocho cuartos", calabaza calabaza cada uno a su casa. Entonces, con el corazón partío, un poco asado también, empecé a apartarme e irme. Pero ya en la esquina, sentí que debía voltear, porque algo pasaba.

Sucedía que...

Salió Francois, el maestro, mi maestro en el arte de contar. Y viendo toda la gente afuera que se había quedado con las ganas -de ver el espectáculo, que te pensabas Miguelito?-, él muy práctico dijo: ¡cuenten ustedes aquí! Y señalando a Briscila dijo: "Tu sabes contar cuentos, comienza!" Y ella, ya acomodada -sentada en el chasis delantero de una cuatro por cuatro-, viendo a lo lejos que me acercaba, me miró y lanzó la pelota señalándome como cuando somos niños, y queremos revelar una verdad: "El también cuenta cuentos". Y yo, ups! miré a la izquierda, miré a la derecha, miré a esta luna tan bella, y luego la gente al mirarme sonrió.

Briscila contó un par de cuentos muy amena, muy fresca, muy ella. Y la verdad, me decía a mi mismo que si es que tenía que contar cuento alguno, no sabía cual o qué. Y contar vida, ni loco, porque es tan aburrida para algunos, y/o tan intensa para otros. Además, para que ventilar lo que Miguelito tanto desea saber y que bien conoce, (Aquí un paréntesis. Bien lo confesaré, se los contaré: Recuerdo cuando lo conocí, -a Miguelito- fue cómo decirlo mmm... esteee... bueno está bien, fue en uno de esos viajes locos que uno hace por el mundo, y sí pues en uno de ellos reconocí a un paisano mío, a Miguelito, fue ... fue... bueno ya, fue en un burdel en Pekin. El dice y jura hasta ahora que estaba haciendo cola para el tren, -que así como yo hoy despistado tomé el carro equivocado-, él más despistado aún, estaba haciendo la cola para ingresar al tren... Y bueno le creí, a pesar de las luces rojas, a pesar de ese aire y esa atmósfera que sólo algunos lugares tienen... y bueno, me puse en la cola también... El final luego se los cuento, si hay tiempo e inspiración. En fin, asi fue como lo conocí. Fin del parentésis).

Volvamos a lo nuestro, a nuestra experiencia de esta noche, -Que no Miguelito, que obsesión con el plano amatorio, que me refiero al arte de contar cuentos. En fin en fin- Por otro lado, creía que no me sentía realmente "inspirado". Pero ya sabemos que esto de estar "inspirado" es un tonto pretexto, una excusa infame y banal, porque la inspiración nunca llegará hasta que te lances a nadar. Le cedí el turno a Andrés que era su primera vez, -en el arte de contar-, y luego poco a poco fui armando ahí en mi mente una adaptación de una bella tradición peruana de Ricardo Palma, "El Nazareno". Búsquenla y verán que es espectacular: la contradicción en su máxima expresión, pero como les menciono la adapté a los tiempos actuales. Fue muy interesante también como al final la gente dio un "Ohhh" y escuché un hondo suspiro de sorpresa y fuerte asombro por el desenlace. (Y como ustedes no fueron, se la perdieron... Lástima que sea tan amoroso, y tenga muchos amores. Y el romance que tengo con la palabra hablada y el arte de contar, no es el romance que tengo con la palabra escrita contándoles aquí lo sucedido). Por ello, no se los contaré, el cuento digo. Sigamos con la experiencia.

Luego el doctor Pérez-Albela (www.biendesalud.org) también se lanzó a contar. Un par de historias amenas. Y una de ellas para niños! Eso fue muy bueno también. (Cosa que debo hacer mucho más!) Finalmente, volví a sentarme en el chasis delantero, el lugar, el trono imaginario para los contadores que pasaban por ahí, y conté aquella historia de "Sakarandá", que tanto me gusta, y que francamente esa, sí que nunca la había contado. He contado muchas, pero Sakarandá nunca. (No se preocupen, ésta, sí la encuentro la compartiré con vosotros). En fin, el asunto es que francamente fue una experiencia alucinante la de hoy. El hecho de compartir todos y con todos, sentados al que le tocaba en la cuatro por cuatro, y sentir la magia del cuento, que efectivamente se cuenta solo, cuando todo está muy claro, y de la palabra hablada fue alucinante. Y sólo los aplausos reflejan el sentir.

Así que los que estuvieron adentro, escuchando a los famosos, y los que no nos dejaron entrar porque ya no cabía un alfiler, se perdieron el show que se llevó afuera con nosotros, pero por el cual y por la emoción, nos olvidamos de pasar el sombrero como ellos también.

Un fraternal abrazo a todos!

Y sigan (sigamos) contando historias!!!

Pablo

¡Qué tal destino!

¡Qué tal destino!

Este título léase dándole la entonación que se quiera.

Más aún considerando que hoy tenemos que repetir ese fastidioso proceso que es el ir a cumplir con el deber cívico-patriótico de votar.

¡Pero en que tal encrucijada nos ha puesto el destino! ¡¿O nos hemos puesto nosotros mismos?! ¡¿¿O como en el mito platónico de la caverna, nos han puesto los amos y líderes que sólo buscan su beneficio??! En fin, buscando un culpable, quitamos y lavamos nuestras culpas, pero también ponemos más claras las cosas.

Repetir las características, cero virtudes, y matices pintorescos y personales que poseen los candidatos -a conducir todo un pueblo, a dirigir una nación, a intentar arreglar todo este meollo que es el Perú- sería redundar. Y ya el pueblo como resignado a su suerte para no llorar tiene que reír. Otro extremo disfrazado de su angustiada realidad.

Mi vecina, una señora cuarentona del oriente, como ofreciéndome algo, con su sensualidad natural, me dice: "¿qué prefiere joven el cáncer o el sida?" Y le respondo todo anonadado, como esos dibujos del msn, "¡que nada!" que ninguno de los dos, que no hay como estar saludable y disfrutar de lo que la madre naturaleza nos ha dado. Que quien va a querer esas opciones. Y ella, chismosa, persistente, continúa. "No, no, usted tiene que elegir; está obligado a elegir uno de ellos". Y yo, por no mandarla a rodar por tu tubo, y decirle que está más loca que una cabra, pues le insisto en que no, que nada, que quien va a querer estar enfermo. Entonces, me sale diciendo que eso es traicionar a la patria, porque donde muchos están muriendo, yo me estoy lavando las manos.

Luego viene Cristian, el artista, que le encuentro más de loco que de artista, pero en fin, viene y me dice: "Elige: Alan o Humala". Y le respondo, ¿Por qué me dices "¿Alan o Humala?", porque mejor no cambiamos el orden de los factores, ¿no se alteraría el producto o sí?, ¿porque no me dices "Humala o Alan?". Y luego él de razonar un poco, cosa que no hace tan a menudo, se queda sin palabras, como si le hubiera descifrado un enigma o el secreto del Código Da Vinci. Al no obtener respuesta pienso en voz alta: "¿Qué tal dilema eh?" Si esto de la onda "reencarnacionista" no es cuento chino, pues que tal karma le toca al Perú eh? Qué habrá hecho en sus vidas pasadas. Bueno, tenemos a la historia para que nos ilustre algo, con el plato de fondo, corrupción por todos lados.

Y finalmente, aparece Angelita, que tiene más de diabla que de santa, con todo su esoterismo light de moda, y me dice: "Cuando vayas a botar ponte un calzoncillo negro, eso hará que las energías se concentren donde deben estar". Y le respondo que eso no es necesario que ya todos los días me pongo una trusa negra, porque desde dentro creo saber o intuir que ya la suerte está echada. Ya hay que hacer el luto de un país que ha muerto. Donde muchos andan por andar, donde la política a nadie le interesa. Donde el meollo es la economía. No la política. Así que en ese sentido, con Angelita, sí que estoy de acuerdo, vayamos de negro, por dentro y por fuera, demostrando el hondo dolor que es ir a las urnas a votar y botar lo que llevamos dentro y lo que sentimos.

Pero luego me pregunto a mí mismo y a todos, ya sin trusa, ya más fresco, ¿Te imaginas el destino futuro de todo el Perú con cada uno de ellos? Francamente, que las náuseas sobreabundan. Y creo que ese es el miedo latente en el corazón de muchos peruanos. Ese es el temor que agobia muchas de las mentes por aquí. Porque al final, este proceso electoral, este llamado amor a la democracia, no nos da nada. Más bien nos quita. Nos quita mucho.

Hoy iré a botar temprano, claro está, a ese colegio numerado a marcar lo que deba de marcar. También no marcar es una alternativa. Así como el marcar todo o escribir un poema es otra, por la cual parece se inclina mi balanza. Pero igual, con el destino dantesco que muchos creen ver, con el futuro sin esperanza que otros parecen encontrar, con el Perú en crisis -cosa que escucho desde mi niñez-, el Estado me pregunto ¿qué hace por mí?. Otros me dirán ¿tú que haces por él? Terceros querrán convertirme a alguna ideología, pero francamente me pregunto, lleno de ingenuidad ¿Qué hace el Estado por ti?

La respuesta como para muchos enigmas filosóficos, o problemas trascendentales que encuentran los entendidos es "La nada". Nada es lo que rodea a estas respuestas. Nada, es lo que hay con ellos y en ellos. Nada es lo que importa la vida de millones de peruanos a aquellos que postulan por tener el poder. Por muy bien o mal que hablen, por muy suaves o agresivos que parezcan, en el fondo hay otros deseos ocultos que el único de servir a un pueblo. ¿Qué hacer entonces? ¿Pasar de todo? ¿Ignorar la realidad? ¿O como dice Clara, uno de los personajes de aquella bella obra teatral peruana "Daniela Frank" de Alonso Alegría: "Si alguna vez invadimos el Perú, tú... ¡contesta con el fuego! Cava tu trinchera, cava bien hondo tu trinchera en tu playa y contesta el fuego. Ralph Waldo Emerson nunca pudo parar una guerra, pero todavía puede parar una bala"?

Y hoy la invasión está por comenzar (o continuar)!

Un saludo a todos

Meditaciones de otro personaje... (La vida como teatro)

Meditaciones de otro personaje... (La vida como teatro)

La realidad siempre supera la fantasía. Esta frase puede parecer indignante para algunos amigos teatreros –no todos felizmente- pero en lo personal, la considero algo muy real. Hace poco, un amigo con ciertas y grandes dudas, luego de leer -y divertirse también- con mi texto, esbozo de pequeño cuento “Ese dedo meñique” me dijo: ¿Pablo, pero eso es algo real? ¿Existe eso, un dedo meñique así? ¿O es tu imaginación que ha creado todo eso? Luego –para variar, (parece que hay una alta incertidumbre de medio mundo)- una amiga me comentó algo parecido, y ahí está publicado su comentario, más o menos así: “Francamente no me he topado con un cholo power similar”. Inconscientemente, y como metamensaje -me parece- nos dice “¡¡Ya quisiera encontrarme uno así!!” Jeje. Bueno, ya saben lo bromista que suelo ser.
 
Pero no solo a ellos quiero decirles, sino a todos los que visitan este blog, que un «cholo power», o una «ricachona venida a menos» (Que dicho sea de paso, ambos existen no sólo en mi imaginación sino en la realidad cotidiana de las combis, de nuestra cultura chicha), es lo menos que uno puede encontrarse! Solo basta que abramos bien los ojos, y que dejemos de mirarnos tan egoístamente y observemos nuestro medio, nuestro entorno, y nos sorprendamos con ese ver más allá. Con esa gama impresionante de seres -¿extraños, confusos, anormales, poco comunes?- que nos encontramos día a día. Y que para mí, todos aquellos seres, todo ese abanico policromático no son ni extraños, ni confusos, ni anormales, ni poco comunes. Si no más bien todo lo contrario! Son la normalidad (Para mí claro está). Cayetano Heredia –si mal no recuerdo- definía la normalidad, algo así como la moda estadística, como lo que se repite con cierta frecuencia en una población determinada. Esa repetición sería lo “normal”. (Que no tiene nada que ver con lo moral / inmoral, o lo correcto / incorrecto, o lo establecido o no).
 
Me pregunto, ¿existe entonces “lo normal”, -pero como lo entendemos nosotros-? ¿En un medio como éste? Donde puedes encontrar desde políticos como Paulina Arpasi (¿eso es lo normal?), o el norteño que ni recuerdo su nombre el “vaquero chicha”, (ya que están de moda los vaqueros). Religiosos como los hiper llorones y sensiblones de “Pare de Sufrir”, sin contar con los que salen en el canal Católico con sus caritas de “yo no fui”, mostrándonos que efectivamente saben poco. O por otro lado intelectuales tan capaces y brillantes llenos de harta sapiencia como Marco Aurelio Denegri, con esa manera tan peculiar de ser, de hablar y de gesticular y de moverse. O una ex congresista ex vedette que se colocaba el número 13 en la pierna, -en esos grandes y apetecibles jamones- tan suelta y natural como la tan aclamada Susy Díaz? Eso sin contar personajes como Fujimori, Montesinos, y el actual Toledo (con esa forma tan repelente en su hablar con ese acento tan ridículo y esa voz engolada que no sabemos que es realmente), eso es normal? común? ¿Y qué decir de todo el “circo – zoo” que es la política peruana? (Y eso que no estoy trayendo a colación algo relacionado con la tele eh? Porque si no nunca acabamos, además ya saben Mafalda es a la sopa, como Pablo a la tele, ósea yo paso, asi de simple). (Y luego me da mucha risa, cuando la gente “común” / “promedio” / “normal” ve un personaje teatral, y dice entre admirada y otros más que se toman todo a pecho, medio indignados: “¡No, que va, eso no sucede en la realidad!” Me asombro de su poca percepción –y falta de verdadera sensibilidad, entendida ésta simplemente como capacidad para ver lo que hay fuera- para y con su entorno)
 
Claro muchos me dirán que los ejemplos que pongo son exagerados, estrambóticos quizá para ellos, «poco comunes». Que si bien es cierto que existen, no son la media común, no es la normalidad, que son casos aislados. Pero ¡no!, sigo refutando y manteniendo mi hipótesis. Y para ello, no nos vayamos tan lejos. Sino tal vez miremos los alrededores de nuestras casas. (Y eso sí, sin caer en chismes de vecindad que eso ya hay de sobra y no es de nuestra incumbencia). ¡O mejor aún miremos bien nuestra propia casa!. Y cada cual haga el mismo ejercicio con lo suyo. Encontrará en cada vecino, en cada familiar, ¡¡¡cada personaje que camina día a día que ni les cuento!!! (Esto en un taller teatral, se llama “trabajo de esquina”, donde te pones a observar la realidad que nos rodea en una esquina determinada de alguna plaza de la ciudad. Esto sirve mucho fundamentalmente para los displicentes y desentendidos con el medio. Es muy fácil, te detienes en una esquina como si tú no existieras y sólo observas –mínimo media hora-, observas el cúmulo de identidades que caminan delante de ti. ¡Ellos están actuando sin saberlo para ti! Nada más. Te asombrarás de lo que descubres, porque también, sin saberlo ellos son actores).
 
Por mi barrio hay muchos, muchos de estos personajes. Santa Marina es todo un emblema de una infinidad de personajes que en cada uno de ellos ya no sé lo que es esa famosa palabra “normal”. Pongamos algunos ejemplos, ya que siempre estos ayudan mucho no? Vivan los ejemplos!
 
Todas las tardes, muy religiosamente a una hora determinada –como Kant lo hacía- aparece ella. Dios sabrá de donde viene, (nadie aún lo ha descubierto). Pasa con un aire de diva, de tan integrada con la vida –una especie de Susana Baca alternativa- alcanzando atisbos de estar extasiada en una rara y oculta espiritualidad. Ladeando las anchas caderas, moviéndose de un lado hacia otro, con unos faldones hasta el tobillo, y un escote voluptuoso que muestra sus amplias carnes, la famosa “señora kantiana”, -la llamaremos así, por la rigurosidad y puntualidad en su desfile particular de todos los días a la misma hora- y también porque ya debe ser señora; la estilista de quien les hablo, pero eso sí con esa cara de inca que “el cuchillo” parece no ha podido cambiar si es que ha pasado por ahí, porque parece haber pasado por otros lares. (Y esto no es nada peyorativo, ya lo entenderán). Ella, que es observada con mucho más detalle por mi vecino que tiene la mitad de sus años, y que día a día la mira a escondidas, detrás de sus persianas haciendo no se sabe que raras cosas ¿normales también? camina como lo hacía “la bikini”. (…Por la playa camina la bikina… ) Claro está que hay que resaltar que esta señora, la señora kantiana, no es señora, -y eso él bien que lo sabe, es decir ella, no mi vecino- ya que es altamente evidente por mucha prótesis, cuchillo, maquillaje y silicona que tenga, que hasta hace algún tiempo atrás era nada más y nada menos un señor al que nadie conocía.
 
Otro caso es el fisicoculturista, el ex Mister Perú, que ya hace un año se fue de este mundo y tuve la suerte –no sé si buena o mala- de estar presente con él en sus últimos momentos. Pero la experiencia, como todo lo que me pasa no dejó de ser también intensa y porque no divertida –al menos el entierro- luego del inmenso susto ante el final de su existencia. (Felizmente que con los familiares somos grandes amigos y conocen mi extraño sentido del humor y saben a qué me refiero, como siempre con mis brutales y directas palabras). Pero sigamos con la normalidad, ¿es común, normal, que mi vecino haya sido un ex mister Perú, una escultura en el estricto sentido de la palabra, y que luego se ponga amenazar de muerte a medio mundo víctima de algún ligero desequilibrio? Como alguna vez, a la famosa gorda Chela –personaje sui géneris por defecto en este medio, la tía de los ciento cuarenta kilogramos- que la quiso reventar pero no íntima –como dicen los periódicos chicha-, sino literalmente porque tan solo le dijera ella coquetamente que bajara la voz y no se pusiera a cantar canciones de amor a la rival? “Shst Shst silencio amable caballero… por favor…” / “Calla gorda de mierda, que ahora entro y te pongo una bomba molotov y te reviento!” ¿Esto es común, es normal?
 
Otro personaje sin duda alguna es mi tío. Esos tíos que siempre están, y que nos hacen divertida la existencia. Otro con algún atisbo de locura seguramente, como los anteriores tal vez. Que parece sacado de alguna revista del siglo XIX. Con esa rigurosidad en el vestir, -en el pensar también- con esa forma excesivamente pontificada al hablar, con esos gestos tan a lo Denegri –pero de barrio-, moviendo manos, boca, cuerpo, y que parece le vaya a dar una crisis cada vez que habla. Desde que lo recuerdo nunca lo he visto con otra ropa que no sea un terno plomo y bueno tal vez otro azul. Eso sin contar las botellas lanzadas al mar con no sé que mensaje, porque en un sueño una voz se lo indicaba. ¿Es común, es normal eso? (¡¡¡Y luego –medio mundo- se asombra cuando ven en el escenario teatral algún ¿”estrambótico personaje”?!!!) (¿Es que podrá existir algo más estrambótico que la misma realidad?)
 
Hace poco salía de una clase. Al pasar divisaba un entierro. ¿Quién sería el muerto? No lo sé. Pero lo que sí me asombró fue que justo cuanto pasaba, traían en un taxi a la abuelita, la matriarca sin duda de esa familia. Muy pequeñita ella, pero muy lúcida también. Eso me parecía. Ella pagó el taxi, con la sobrina que la llevaba del brazo. (Es que no sé porqué pero siempre en los velorios son las sobrinas las que llevan a las abuelitas, y por lo general la solterona). Francamente al verla, me reí. Y no era una falta de respeto a las canas que ella vestía. Ni tampoco una burla malvada. Pero era completamente gracioso ver a una abuelita de unos noventa años, con un bastón de casi su tamaño con el que iba pegándole a medio mundo para que la dejaran caminar sola y en paz, y lo más gracioso, el pequeño detalle: llevaba sobre su cabeza un par de cachitos amarrados con unas bolitas de esas que tienen las niñas de tres años y riéndose tranquilamente ante el espectáculo que iba a presenciar. (Y no era una risa de alguien que le pasa algo o tiene algún desequilibrio, simplemente era una risa natural de felicidad, de satisfacción). Francamente, que eso me dio mucha gracia, los cachitos en la cabeza de la abuelita. Las pili-mili de la ancianita. A lo mejor, ella tiene una enfermedad mental, a lo mejor es una caprichosa y voluntariosa, a lo mejor es su moda natural, a lo mejor es de las pocas, una excelente superada… Hay innumerables respuestas a los cachitos de su cano cabello, a su risa, a su desfachatez y a esa manera de ser. Pero sean cuales sean las respuestas, esos cachitos daban tanta gracia que no pude soportar y tuve que pasar rápidamente para continuar mi camino… y mi sonrisa. (¡¡¡Y luego dicen que los personajes teatrales son estrambóticos y poco verosímiles!!!)
 
Sí, sí, el cholo power y la rica venida a menos, son altamente reales. Claro que de hecho, hay algo de imaginación en la situación. (Que no revelaré qué parte es, Jeje). Pero luego muchas cosas lo son. Al final de cuentas, yo no explico –ni tengo por qué- lo que proyecto y plasmo en mis cuentos. Ellos hablan por sí solos. Y eso me basta. Simplemente intento mostrar lo que mis sentidos y algo de sensibilidad captan por ahí. La gente los lee, y encima se divierte. Aunque claro hay de todo. Tampoco es mi intención explicar aquí en este artículo, el anterior, “Ese dedo meñique”, sino que es el pretexto para hablar de este pluralismo diario –de personajes- que muchos no podemos ver con facilidad. Y donde al final, cada uno de nosotros lo somos también.
 
Por eso será que tengo cierta afición por los personajes de Almodóvar. Que más allá de toda la mariconada –como se empeña en decir mi hermano mayor- (y la verdad no encuentro otro adjetivo) que transmiten sus películas y que noto cada vez va de menos a más. Es decir, en el director ha existido una evolución en ir mostrándonos esta parte homosexual con la cual se solidariza muy, muy altamente y cada vez obviamente in crescendo. De hecho algo no asumido, como dirían por ahí. Pero eso no nos interesa aquí, ni su vida, ni sus rollos, ni quien dijo esto o aquello. Además ¿quiénes somos para hablar sobre alguien en particular? Simplemente lo que nos interesa son sus personajes! Que a mi juicio, -parcializado, obnubilado, o poco común seguramente para muchos- son completamente reales. ¡¡¡Existen, esos personajes, más cerca de lo que pensamos!!! Están ahí a la vuelta de la esquina, al costado de tu casa, o en tu propia familia. Los personajes como diría Shakespeare, somos cada uno de nosotros. Y actuamos en el famoso teatro que es el mundo en sí. La vida es un gran e inmenso teatro. Entonces, bajo esa óptica no nos debe asombrar, menos aún admirar, algún horripilante dedo meñique, o alguna «linda delgada de buen vestir» venida a menos que pierde los papeles y se olvida de todo y manda a la mierda a su tan deseado «cholo power». (Véase artículo anterior, recomendado le han puesto *****). Jajaja.
 
Un saludo a todos y espero sus comentarios,
 
Pablo

Ese dedo meñique

Ese dedo meñique

La pulcritud era perfecta. Él era un cholo bien. Bien vestido, bien peinado, bien aseado. Desde la planta del pie hasta la coronilla había un halo de limpieza y asepsia que impresionaba. La vestimenta bien planchada como todo lunes de mañana (en su caso quizá sería lo habitual los trescientos sesenta y cinco días del año), el cabello bien recortado, altamente ordenado e incluso engominado, algo que no se usa ya. Ella lo miró con asombro, no era común encontrarse, o mejor dicho toparse en esta ciudad, dentro de estas combis tan caóticas con alguien así. ¡Y que ahora se sentara a su costado! La correa hacía juego con los zapatos que eran tan brillantes como espejuelos con los cordones atados prácticamente equidistantes los arcos de los nudos. Ninguna ajadura en el pantalón que era claro como el sol al mediodía, ni en la formal camisa celeste. En su imaginación le hubiera agregado una corbata color entero con un pequeño detalle al centro y sería su hombre ideal, o al menos el que ella había construido aquella vez que pensó en que necesitaba alguno. 

El aroma del perfume la cautivó. «No es tan cholo como pensé, en cualquier caso es un cholo bien». Hubiera querido hacerle un guiño, algún gesto, moverse sutilmente como quien se acomodaba, pero su educación de antaño con las monjitas canadienses aún hacían eco en su conducta, así también como su educación actual: acababa de llevar un curso de etiqueta, con la tan famosa y respetada autora de aquel dinámico libro "Ese dedo meñique", por lo cual seguía conservando las formas con esa elegancia tan propia y llena de naturalidad. Algo no estaba en duda, no iría a conversar o al menos iniciar diálogo alguno, eso estaba sobreentendido. Pero lo que más pesaba en este proceder era recordar su tan misteriosa edad, eso la contenía. Lo miró de soslayo, sin que él se diera cuenta y notó que era delgado pero fornido, «tiene fibra» pensó, vio su pecho ancho y él al tener que apoyar su brazo en el asiento delantero, para combatir los embates de la ruta, de la precipitación del chofer y su driblear del vehículo al cual ya todos estaban acostumbrados y donde viajaban, tan cercanos, tan apretados que era inevitable; dejaba notar un contonear al antebrazo, por el cual ella se estremeció. Y se sintió más perturbada aún al notar su puño sujetando con firmeza el pasamanos del espaldar delantero, vio la piel tersa y viril y la sintió.

 
Fue entonces cuando un bache de las pistas, de los tantos que sobreabundan, los unió por un instante sin darse cuenta al uno del otro. Ambos se sobresaltaron por el impacto del vehículo y por la sorpresa de «encontrarse», y las miradas se cruzaron y sonrieron. Ella tímidamente ladeó el rostro con coquetería hacia la ventana. Y él, creyó ver a la dama de sus sueños. Blanca marfil, hermosa, con un collar que mostraba sus pechos con ligeras pecas, la piel en la edad cúspide tornándose sonrosada y rojiza por momentos. La buscó pero ella no se dejó encontrar, fingió mirar despreocupada las horribles pistas y el cielo gris, y luego cruzó sus manos como si fuera a rezar, y entonces él cayó en su trampa, pensó que había sido una ilusión, un cruce de miradas accidentales por el sobresalto de aquella combi y nada más. Y cuando ella luego de aquel artificio de elegante displicencia para cautivarlo, volteó la mirada y se cruzó con él, recién le sonrió con mayor soltura que la primera vez.

Entonces, fingiendo una vergüenza que no tenía, fue bajando la mirada, observándolo con aparente ingenuidad pero al detalle: el mentón ligeramente anguloso, el cuello firme, los pechos amplios, el antebrazo que le había impactado, y quería llegar ahí, a ver esas manos que en su imaginación podrían poseer con firmeza lo que quisiera. Vio las manos amplias, los dedos pulcrísimos, recortados, hermosos, los contó como jugando, desde el pulgar, uno, dos, tres, cuatro, hasta que se detuvo en ese dedo meñique y todo su sentir se esfumó. Pidió permiso sin mirarle a la cara, él no entendía lo que sucedía. Casi gritando con cierta indignación les dijo al chofer y al cobrador que detuviesen el carro, ¡tenía que bajar! «¡Deténgase por favor!» Y él mientras le daba el permiso solicitado, le preguntó con una huachafa galantería, mostrando su gangosa voz "¿le sucede algo?". Y sin darse cuenta abrió más ampliamente su mano apoyada ahora en su muslo mostrando sin querer con mayor detalle ese famoso dedo meñique, con esa inmensa y horripilante uña que mediría un par de centímetros más de lo habitual y que acababa de ser pintada con algún esmalte colorido. Ella lo miró con espanto y repulsión, desvió la mirada de su cara hacia sus manos, y no le importó ni el recuerdo, ni la educación de las monjitas canadienses, ni su curso de etiqueta, ni su edad, ni nada, sino que con odio le gritó: "Vete a la mierda, cholo asqueroso". Y se bajó.

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Se acabó y punto

Se acabó y punto

Terminó el año.

¡Se acabó el 2005!

Seguro cada cual hará su balance, algunos positivos, otros negativos; algunos en azul, otros en rojo, y unos terceros en negro tal vez. Lo que sí creo, es que cada uno mirará este año con su propia sensibilidad y lo que todos también dirán en común y con cierta admiración -y no porque sea vox pópuli precisamente- es esa frasecilla que ya es un estribillo: "¡Qué rápido pasa el tiempo!"

Y sí, es una realidad, el movimiento –probablemente acelerado- es la constante en esta tierra, pero pensándolo bien, el tiempo no es el que pasa, -me parece- somos nosotros los que pasamoslos que pasamos. Los que somos, los que ya fuimos, así nos cueste reconocerlo. Somos nosotros los que cambiamos. Como diría el Talmud, hace tanto tiempo con amplia sabiduría: "No vemos las cosas como son, sino como somos".

A veces me pregunto si realmente el tiempo existe.

A veces, me veo inmerso en sensaciones y pensamientos tan internos y abstractos que me cuesta hacerlos entender. Pero tampoco es algo que me quite el sueño. Y no es la ociosidad ni la vagancia, ni el llenar unas letras en una hoja en blanco, son simplemente mis particulares y simples percepciones. Nada más ni nada menos. Pienso a veces, que el tiempo fuera algo que no existe como pasado y futuro, sino más bien que estamos en un inmerso presente.

Y me sucedió hoy.

Mi madre colocó un disco –ahora cd, ¡me sorprendió encontrara alguno!- que me transportó a los cinco años. Es impresionante que luego de más de veinte años lo vuelva oír. Si lo escucharía, suponía que sería en esos long plays grandes con ese sonido lluvioso que me agrada oír.

Escuchar la voz briosa, aguda, por momentos demasiado vibrante y única –eso sí- de aquel cantante criollo, Manuel Donayre, me hizo ver las paredes de la antigua casa donde vivíamos y se escuchaba siempre –al menos mi madre-, mi pequeñez e ingenuidad en este mundo que iba descubriendo poco a poco, y por ende la exploración de todo, volví a ver a mis padres tan joviales y divertidos, a los abuelos viviendo al costado; sentí la atmósfera del pasado, y me dije a mí mismo: "¡¿El tiempo ha pasado?!" Y luego me seguí "Si es cierto, ¿todos estos años que significan? ¿Este cambio de piel, este vivenciar «nuevos» hechos, este «crecer», este «cambiar» a qué apunta? Ahí fue donde me lo formulé una vez más: ¿Realmente el tiempo pasa o somos nosotros los que pasamos? O mejor dicho ¿realmente el tiempo existe?" Seguro que para muchos –entre ellos mi hermano- esto pueden ser idioteces de alguien descocado (¡Preocúpate de otras cosas, Pablo!), para otros reflexiones que todos los adolescentes se hacen (¡Ósea, sigo adoleciendo, gracias!), y para terceros –más generosos quizás- locuras mías.

Era algo más que la magia ilusoria que tiene la música de poder transportarnos y revivir algún momento. Según yo, era algo más. Pero mientras esto no tenga respuesta y la incógnita siga latente, escucho lo que la gran mayoría pregona: ¡Cómo ha pasado el tiempo! Y mientras observo el eterno asombro por la rapidez del mismo, sólo me queda recordar que este 2005, como dice aquel vals motivó todo esto, que cantaban con tanto donaire mi madre y Donayre, se acabó y punto!

Un inmenso abrazo a todos!

¡¡¡Feliz y bienvenido 2006!!!

Pablo

Hace buen tiempo... «Algo pasó»

Hace buen tiempo... «Algo pasó»

Pensar que hace más de dos mil años «algo» pasó. No sabemos la fecha exacta, ni el día ni la hora, pero lo que es muy cierto es que «algo»pasó. Los registros, a parte de la tradición, lo confirman. Y lo que me sorprende más, es que a diferencia de otros hechos que han marcado momentos históricos «altamente trascendentes», los mismos se han perdido en el tiempo. No obstante, en este caso el nacimiento de Jesús, el famoso porqué celebrar la Navidad ¡todavía lo recordamos! Aunque sea de forma, aunque sea de otra manera, -muchas veces errada-, aunque sea sin saberlo incluso -lo más común-, pero su presencia comenzando con el acto de entrar en esta tierra ha sido tan fuerte, tan grande, que cambió la historia, que marcó un antes y un después incluso; y a la vez este ingreso ha sido tan sutil también que para muchos pasa por alto, se confunde, se olvida, se liga con el mito -con la tan extraña tradición que nada o poco tiene que ver de fondo-, con la enseñanza en el mejor de los casos. Pero en cualquier forma o apariencia, igual sigue presente en nuestras vidas, tiempos, y espacios, así queramos no hacerle caso, o no darle importancia. Aunque sea pálidamente, aunque sea sin comprender. Nació un niño, y hasta ahora se lo celebra. ¿Cómo explicar esto? ¿Cómo entender esta vigencia y permanencia que muy pocos logran mantener y establecer?

Gracias a ese nacimiento, ahora -me atrevo a decir- la mayoría solo podemos ver lo superficial. Como en cualquier otra fecha de las pocas que hay- instaurada en este mundo por alguna celebración, tenemos la oportunidad que da el acto mismo de reunirnos con los nuestros. ¡Que ya es bastante en este mundo de alta individualidad! La satisfacción -y subliminal consumismo- de poder dar algo material y en otros casos algo inmaterial también. Nuestro tiempo, nuestro buen estado de ánimo, nuestra buena actitud, nuestro agradecimiento interno por vivir. ¡Y por supuesto los esperados y ansiados regalos! Que hasta el niño Jesús los tuvo, pero estoy seguro que no eran ni tan ansiados ni esperados por él mismo. Eran probablemente un símbolo de algo más, en ese día que «algo» pasó.

Un nacimiento es realmente un milagro. Los que han podido ser partícipes de ello, de este acto de alumbramiento no lo pueden negar. Es mágico, profundo y sorprendente. Es el origen de toda una historia, es el inicio -o continuación-, -o punto cumbre-, de todo un proceso que durará un tiempo en un espacio determinado. Muchos tenemos ese privilegio. Otros no.

La vida de Cristo fue tan grande, impactante y misteriosa -como su nacimiento- que dividió la historia! Cambió el mundo. Aquella noche «algo» sucedió y fue de tal magnitud que obviamente no sólo sirvió para que un veinticinco de diciembre comamos algo agradable y compartamos con los nuestros, sino que afectó el destino de toda la humanidad. Cosa que no hizo ni Buda, ni Sócrates, ni Platón, ni Mahoma! (No al menos en esas proporciones y magnitudes). Por citar indistintamente algunos con los que se le compara muy tolerante y horizontalmente. Y es que cuando uno comienza a investigar, se da la oportunidad de comparar, ampliar su mente y ser sincero consigo mismo no puede dejar de quedarse impresionado ante la vida de tal personaje. Tiene que haber sido lo que declaraba: el hijo de Dios. O Dios mismo incluso! Como le responde a Pilatos. O un loco entonces.

¿Quién logró desafiar de una manera prácticamente estoica, noble y hasta principesca todo un sistema vertical e imperante -el judaísmo, cultura a la que se le "encargó" el mensaje divino- cargado de tanta tradición y legalidad, dando un ejemplo profundo de verdadera entrega práctica a Dios? ¿Quién logró no sólo con palabras, sino con actos prácticamente portentosos, sorprender a media humanidad? ¿Quién logró, por ejemplo, resucitar muertos? ¡¡¡Resucitar muertos!!! No hablamos de una cura milagrosa en vida, de algún mal pasajero o existencial que nos aqueja. ¡Hablamos de cuando ya no hay esperanza! (Tanto para la mente física como para la mente "espiritual", porque existimos muchos, muchos muertos en este cementerio viviente que se va convirtiendo nuestro mundo). ¿Quién puede hacer eso? ¿Quién logra detener el mar y el viento? Hablar de esa manera con la naturaleza. ¿Controlar las mareas, pasearse sobre ellas, dominarlas? ¿Quién logra por ejemplo, expulsar demonios? Ahora que abunda tanto falso espiritista, ¿Quién puede quitar un demonio? ¿Alguna oculta o descubierta posesión que nos domina? ¿Quién es ese que transforma vidas con tan solo una mirada, un toque o una palabra? ¿Habrá otro mortal como éste en esta inmensa humanidad? ¿Algún buen y nuevo profeta que se levante y logre hacer lo que éste hizo? Lo dudo mucho. Han pasado dos mil años, y no se recuerda al menos a otro como a éste. Es prácticamente y quizá estadísticamente imposible.

Cuando pienso en mi vida y me pregunto ¿en cuántas personas tiene alguna influencia, sea esta buena o mala? Por mucha interrelación que exista en este planeta y por más que todo esté conectado como realmente lo está, sólo afectará algunas decenas a lo mucho, sea directa e indirectamente. Pero lograr -pensemos omnipotentemente- abarcar toda una humanidad entera, es algo que muy pocos pudieron hacer. Hay gente que ha dejado y dejará un legado muy alto en el transitar por este mundo. Desde Bill Gates, Ford, Freud, Marx, Einsten, Newton, Pasteur, Gandhi, los ya citados anteriormente, Buda, Sócrates, Platón; Confucio, Lao Tsé, la Madre Teresa, -la lista podría ser interminable- ¿pero ellos lograron lo que éste logró? ¿Incluso si los juntáramos, alcanzarían sus logros superar a los de aquel? ¿Cambiaron la historia? ¿En esos niveles? ¿Con esa influencia? ¿Con esa temporalidad que incluso no termina? Porque a pesar que el sistema consumista nos invada, las globalizaciones igual lo recuerdan, para utilizarlo, beneficiarse, pero nos lo recuerdan, recuerdan el nacimiento de Jesús. Y seguirá recordándose, y no sólo como parte de la tan confusa «tradición».

Ahora todo es ebullición, las calles están hirviendo literalmente por la masa que está pidiendo celebrar (y comprar también). Y todos sé que en algún momento -quizá momentos previos a las doce, quizá después cuando vayamos a dormir-, como una ráfaga, como un haz de luz, como una estrella fugaz se mirarán a sí mismos, nos miraremos por dentro, y buscarán dentro de sí algo que por el momento no pueden hallar, un dios en quien creer. Alguien que nos salve y rescate de esta vida que nos azota a nosotros mismos. Algo que cambie el panorama, algo que como hace dos mil años marque la diferencia. Pero quizá cegados en nuestros mundos y en nuestra soledad, una vez más, nos perderemos. Pensaremos que esa luz, esa chispa momentánea, esa estrella fugaz, ese pensamiento latente fue solamente una ilusión, y no sólo en nuestra ignorancia sino en nuestra dureza de corazón, nos diremos que es mentira, que la realidad es otra, que todo es un mito desmitificado inventado para darle sentido a nuestras simples y triviales realidades y que a pesar de ser el cumpleaños de Jesús, trataremos entonces de festejarnos egoístamente y dejar pasar el momento de poder comprender que las diferencias se pueden marcar, como hace más de dos mil años, alguna vez sucedió y hoy olvidadamente se celebran. Por eso, para no olvidar ese día que «algo pasó»,

¡Feliz Navidad! ¡Feliz cumpleaños 2005!

Pablo

¡Feliz Navidad para todos!

¡Feliz Navidad para todos!

No sé si me estoy volviendo viejo, si estoy saliendo de la edad de la emoción para entrar a la de la razón. (Bueno, yo creo mucho en los ciclos y particularmente si son de a siete, así que los más despiertos calculen los años). Sea como sea, con cambios o sin ellos, no veo lo que medio mundo ve. (O Quizá sí). Bueno, ya sabemos que esta visión personal es algo «natural», o en su defecto algún error en mi mapa de mi genoma, pero la cosa es que faltando tan solo dos días para uno de los más festivos del año, siento que no hay mucho por celebrar. ¡Queriéndolo hacer incluso!

Como siempre. Me explico.

Claro, por supuesto, que desde luego que sí, siempre ¡y ahora más que nunca! se celebra, y celebrará por todas las edades todo el rollo comercial, marketero, y de transacción que ha teñido la Navidad en las últimas décadas, y que seguramente si Cristo estaría vivo por aquí como hace dos mil años, al ver lo que se hace con su cumpleaños, -es decir el aprovecharse de (en algunos casos con fines muy loables, pero siempre para llenar los bolsillos de alguien)-, seguramente que Cristo, repetiría la historia de lanzar unos buenos latigazos (o poner en estas épocas unas buenas multas, o requisas bien efectuadas) a todos estos grandes emporios formales e informales, desde Mesas Redondas (navideñas) hasta cadenas internacionales como Ripleys, Sagas y similares que por cierto, dicho sea de paso, valga la aclaración, no es que quiera redundar, consumimos con mucha entrega y pasión y nos olvidamos de nuestra sincera y verdadera realidad. Como siempre nuestra mayor falacia, el escape.

Pero, "no os preocupéis" no voy hablaros de ello. Del rollo comercial, ya todos estamos inmersos, ya todos somos partes del juego. Pero muy pocos, están pero no son. Atención al que entienda: Estamos, pero no somos. ¡Como me gusta esta frase!

Bueno, tampoco voy a hablar de toda esa onda sensiblera, donde el corazón a uno se le derrite como un helado expuesto al sol, al ser conciente de todos los males y sinsabores, de toda la pobreza y de tanta necesidad en el mundo. (Dicho sea de paso, a «los elegidos», les mandaré una visión llorona en mp3, tan llorona, pero lamentablemente muy real también de la navidad del niño mexicano- a lo Pedro Infante y su famoso personaje Pepe El Toro-. Algunos a lo mejor ya la escucharon, otros no. Estoy seguro que mis elegidos, no la han oído. El que la desee me la pide. Por supuesto que es cierta la necesidad vital en muchos niños, no niego la terrible y dura situación del abandono; pero como que a veces nuestros amigos mexicanos, hacen de esto un alarde particular, un regodearse de dolor. O como ese lamento andino que tenemos también nosotros los peruanos. Y que en ambos casos, me parece innecesario. La vida, no debe ser mucho lamento, ni dolor. Por un lado ya hay suficiente. Por otro, ya nacemos llorando desesperada, estrepitosa y desconsoladamente, es más hasta algunos zaz! con un buen golpe en el culo, eso de entrada, y nos vamos de este mundo también casi siempre no tan bien, la piel se cae, los órganos no funcionan, que las enfermedades, postraciones, etc, etc. -En el mejor de los casos, los elegidos -y esos ya no por mí, sino por papa lindo- duermen como una palomita y se van. Pero mientras tanto, en este estadío entre el nacer y morir, que están teñidos de dolor, hagámoslo al menos un poco más alegre, risueño, porque no picaresco, y hasta acriollado. Ya bastante tendremos para sufrir. (Ah! Salvo que sea por amor! Como dice García Márquez) Así que no tanto lamento mano, y tampoco tanta congoja papaito, recordemos lo leído antes "Es preferible reír que llorar" (Véase artículo anterior)

Bueno, sigamos con esto de la Navidad. No es ni lo "comercial/marketero", ni la onda llorona sensiblona de "Ven a mi casa esta navidad". (Ah! ¿Por cierto quien me invita a su casa este 24 a medianoche? No, no, repito la pregunta seriamente, -y no es para nada turbio-, es para la Navidad: ¿Quién me invita? Se aceptan propuestas. Espero recibir algunas en mi email. Pero eso sí, una cosa es segura: La pasarán rebién. Jejejeje). La Navidad ya viene, con marketing, con sensibilidad, pero con muy poco o casi nada reconocimiento de lo que vale, lo que es, lo que significa, y para qué hacer toda esta fiesta. Ahora mis amigos moralistas y también los humanistas (con éstos dicho sea de paso compartimos mucho en común en ciertos puntos), ahora lo ven como esto de la Navidad como un «buen momento para compartir con la familia», para aprovechar y poder reunirse -¡por lo visto cosa que nunca hacen! (por supuesto por innumerables justificaciones)-. Me pregunto ¿eso es la navidad? Sí, sí, seguro me dirán que soy ingenuo. Pero, repito ¿Eso es la navidad?

Otra vez, entonces, me remontaré a mi niñez. ¡Dichosa -y anormal- niñez! (entiéndase como poco común y de paso algo de privilegio). Porque la verdad, yo tuve suerte. Mis abuelos hacían de la navidad un momento religioso, sin darse cuenta. A su manera, a su estilo. Mis padres, esos eran los mercantilistas, los regalos, la cena, el banquete. Pero los abuelos, sí que a uno lo hacían entender el porqué y de paso el para qué. Al menos a mí. Claro que recuerdo las reuniones en general, en esa mesa grande, tan amplia, y yo tan pequeño, corriendo incluso debajo de ella, con hartos tíos, y muchas cosas. Pero la abuela, al menos a mí, me creaba un verdadero misterio del famoso "Misterio". (¡Que ya ni veo que hasta se mencione!). Ella sacaba su Biblia recuerdo, estaba en Lucas lo que leía, y yo no entendía mucho al intentar leer, pero sí cuando me contaba toda la historia e incluso nos llevaba a ver ciertos nacimientos. Algunos con cambios de clima, otros gigantes, otros pequeñísimos; explicando el famoso como fue, como sucedió realmente. Ella tenía momentos íntimos de comunión, parecía de veras que para ella alguien estaba gestando, que cada ciclo realmente no era una forma de algo ya establecido, sino que se sentía hasta nerviosa porque pronto nacería alguien: El Emmanuel, el Salvador, el famoso Jesús, el niñito que estaba representado en aquel nacimiento, que con mucho respeto le quitaba el manto que lo cubría. Y todas esas salidas, historias, lecturas, eran en sí el gran e inmenso regalo que al menos queda en mi mente.

Ya pasado el cuarto de siglo en mi transitar, me pregunto, en esta época tan, tan, tan caótica y alborotada. Donde para conversar con alguien, un compañero de trabajo de tu misma empresa, o reduciendo el círculo de relaciones, un amigo de barrio incluso, usamos máquinas para ello. En esta época tan globalizada, tan aparentemente horizontal, tan marketera y consumista eso sí, eso sobre todo. (Aquí otro paréntesis: Conversaba con un profesor mío de Simbología, alguna vez, que si llegáramos al año cinco mil por ejemplo -porque este profesor tenía sus dudas de que si llegaríamos al menos al tres mil-, pero si llegáramos al cinco mil los hombres "modernos" al hacer sus investigaciones, descubrirían, por ejemplo -según él, y concuerdo mucho- con los nuevos -nuevos para ellos, comunes para nosotros- «templos modernos», es decir, los bancos, tal vez compañías aseguradoras también, la bolsa y similares. Mi profesor decía, que se quedarían asombrados del sistema de seguridad que existía -existe ahora para nosotros- para ingresar a sus bóvedas. O ni siquiera a sus bóvedas, sino simplemente a un cajero. (Ahora, un paréntesis dentro de otro: Si yo no más, en mi pequeño mundo, cuando me contrataron hace algún tiempo en uno de ellos, de estas entidades bancarias, y por esas cosas de la vida, tuve que conocer a un "grandazo" -justo el de las bóvedas- francamente, me impresioné de tanta y tanta seguridad, de tanto código, y de tanto misterio sobre todo. Realmente parecía que era entrar a un lugar sagrado. Fin de este paréntesis). Seguro que los hombres del año cinco mil verían que toda nuestra espiritualidad es el vil metal. (Y no es algo nuevo eh? El Partenón de Atenas, tan bello, tan "religioso", tan místico incluso para algunos, también era una inmensa bóveda de todo el oro registrado eh?). Los ciudadanos del año cinco mil al ver, todos estos emporios actuales nuestros -tan diferentes a los antiguos que conocemos de diversas culturas-, tan bien resguardados y tan cuidados como fortines como ciudades dentro de otras, con cámaras, sistemas de vigilancia y seguridad y etc, etc, etc. Realmente entenderían que estaríamos entrando a un terreno sagrado. ¿Será cierto esto? ¿Adoramos realmente al vil metal? ¿Nos inclinamos y sometemos a sus designios? ¿Es él quien manda? ¡Es él quien manda! Y justamente recuerdo una de las máximas de mi abuela, que leía tanto su Biblia, la avaricia es idolatría!) ¿Cómo será? El futuro lo dirá.

En fin, menudo paréntesis no? Pero no he olvidado el tema principal. Sí, son mis buenas asociaciones que guardan en su memoria ROM lo importante, y no lo olvidan, al menos por ahora. Estábamos en este cuestionamiento muy mío y personal, de que si ya pasado buen tiempo, más de un cuarto de siglo -para mí- seguirá existiendo por ahí, no sé, alguna viejecita como mi abuela, algún santo como el Starets Zósimo de los Karamazov, algún Antonio El Consejero, de la Guerra del Fin del mundo, que pueda ver, creer y esperar este día con esas ansias, con esa fe, que francamente no abunda por aquí. Ni siquiera en los niños eh? Hay que reconocerlo, la realidad es que la ilusión ya no es parte de nuestras vidas. Menos el conocer.

Pero mientras tanto, nosotros seguimos, seguimos, seguimos y por supuesto sigamos consumiendo, lo más que podamos. Y consumir en todo sentido, como diría algún amigo. No solo el comercial, sino también, en ese sentido. ¿El psicoanalítico como se veía en la década del setenta? Como dice este amigo mío. Jejejeje. (Perdón por la frase pirateada). El sensual. ¿De que hablo? De consumir también sensualmente y con todo lo que venga. Porque -miren oh! que gran descubrimiento- el día del nacimiento del niño Jesús, también es motivo, para el "mami mami chuculún, toma toma chuculún". Ósea que adiós niño Jesús, adiós renacimiento, adiós un nuevo ciclo, sino bienvenido sea el motivo para aprovechar, para chuculunear. ¡Eso! El cuerpo parece en nuestro medio actual no poder esperar aunque sea una semanita más, ósea fin de año, para poder hacer en vivo y en directo ese famoso bailecillo que verbaliza en acto al can.

En fin, en fin, cada cual con lo suyo. Cada cual con su estilo. Cada cual con su tendencia.

Lo que sí es claro, es, al menos para mí. Que el momento es propicio, (Como la serie rosa: la noche os sea propicia) Jajaja. Pero no solo este momento, sino también cualquiera, para (no, no para la fuerza del chuculún) sino para saludar a todos mis amigos. (Al club de fans también, Jejeje).

Un inmenso saludo a todos, una gran navidad para cada uno de vosotros.

A los que le hacen un culto al perreo bailando en público o en privado (ya saben la diversidad de gente que aparece en mi camino), a los clásicos y alturados, a los intelectuales y buen leídos, -pocos, pero hay-, a los juergueros y barruntos, a los vacíos y plásticos, -que parece nos repelemos inmediatamente y el sentir es muy recíproco- a los confidentes, a los que se abren, -es decir su mente y corazón dispuestos a escuchar a entender-. Y también como dice el vals, a "los puritanos, los moralistas, los que no comprenden". A los que no comprenden mis palabras, a los que las desvirtúan. A los que les gustan y me leen. A los de aquí, a los de allá. Y a los que no se pueden encasillar! esos me gustan más, (he ahí quisiera ser algún día el moderador de ese grupo). A todos ellos!, Ah! y no olvidemos a los «llorones » tanto andinos como mexicanos. (No vale picarse! Estamos en Navidad!)

A todos, a cada uno de ustedes, un abrazo muy especial, con mucho sentir y con esa fraternidad que solo la emoción y los vínculos creados logran despertar.

A cada uno,

¡Una Feliz Navidad!

¡Feliz Navidad para todos!

Pablo

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